Desde el momento de poner un pie en Filipinas se perciben una bomba de humedad y la sensación de haber llegado a otro mundo. Aquí la vida avanza despacio, pero no para. Los contrastes son enormes, especialmente entre las ciudades y las islas.

Filipinas son 7.107 islas, pero su capital, Manila, es un hervidero. Una locura similar a la de El Cairo que invita poco a adentrarse en ella, sobre todo sabiendo la cantidad de riqueza natural que alberga el país.

Hicimos noche en Manila para coger un vuelo muy temprano a la mañana siguiente. En Filipinas todo se regatea, y los taxis no son menos. Si, como a mí, el regateo te pone de los nervios, ya existen algunas aplicaciones (Grab y Uber) que te dan una tarifa cerrada para el trayecto. Eso sí, ojo con las vueltas.

Nuestro hotel tenía un nombre pretencioso, aunque (ya lo sabíamos) en realidad era un sitio de supervivencia en el que dormir dos o tres horas antes de volver al aeropuerto.

Si ya de por sí Manila es una ciudad capaz de poner nervioso a un urbanita como yo, imagínatela a las 4am. Gracias a lo serviciales que son aquí, y a la voluntad de ayudar que tienen siempre, localizamos un taxi. El taxista, por cierto, estaba durmiendo dentro del coche, como muchos otros, esperando a que llegase un cliente. No pareció despertarse mucho durante el trayecto hasta el aeropuerto, pero uno al final se siente mal desconfiando de todo cuando alrededor todo el mundo es amable. Así que hicimos de tripas corazón, y al aeropuerto.

Tras una cola de entrada a la terminal para pasar por el arco de seguridad, que aquí está en la propia puerta, entramos para darnos cuenta de que nos habíamos equivocado de terminal -estábamos en la de vuelos internacionales-. Al ir corriendo a una parada de taxis fuimos un blanco obvio: por un trayecto de 60 pesos (1,10€) quisieron cobrarnos 1500 (28€). Aquí hubo que negociar lo más rápido posible, porque aunque era un trayecto de apenas 7 minutos la hora de embarcar estaba cada vez más cerca. Al final lo dejamos en 400 pesos, una locura poco discutible en nuestras circunstancias.

Ya en la terminal correcta esperamos en la cola que tenía el número de nuestro vuelo, e incluso preguntamos para estar seguros. Y, de repente, quitaron el cartel de nuestro vuelo. Tras comunicarnos que el vuelo estaba cerrado ya, debieron ver mi cara de agobio y desesperación porque nos cogieron las maletas y nos enviaron corriendo hacia la puerta de embarque.

Volar sobre Filipinas es siempre una experiencia inolvidable; a poco que mires por la ventana verás una naturaleza exuberante difícil de comparar. Como ves en el vídeo, aquí hay que contar con utilizar medios de transporte constantemente. Desde un autobús (que nos llevó del aeropuerto de Cebú hasta la estación norte de autobuses), un taxi (hasta la estación Sur de Cebú), otro autobús (hasta Dalaguete) y, por fin, un habal-habal. Este nombre exótico es en realidad el nombre propio de una moto que te transportará adonde quieras por un precio más que asequible. En nuestro caso éramos dos, con lo cual fuimos tres en la moto, pero llegamos a ver hasta motos con cinco personas en ellas.

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Un habal-habal en el que, sorpresa, ni el conductor ni los acompañantes llevan casco

Desde Dalaguete hasta Osmeña, y después hasta Kawasan, nuestro destino final del día, pagamos 500 pesos por persona. Os aseguro que visto el recorrido que hicimos, el dinero estuvo muy bien invertido. Al llegar a Osmeña, la primera parada del día, el conductor esperó junto a otros a que hiciésemos nuestra excursión. Un alivio saber que te estarán esperando al acabar…

El Pico Osmeña (Osmeña Peak) es un lugar como no he visto otro. Centenares de colinas puntiagudas, unas junto a otras, creando un paisaje surrealista con vistas al mar y a las islas de alrededor. Ten en cuenta que, además, este es el punto más alto de Cebú. La entrada tiene una pequeña cuota medioambiental que te cobrarán al inicio del recorrido, y la subida apenas lleva 20 minutos. De todas formas, conviene parar de vez en cuando para reponer fuerzas, beber agua y librarse de los mosquitos de alrededor. Como en todo el sudeste asiático, los hay a millones.

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Nuestra habitación sobre el mar en Kawasan

Nosotros hemos subido en noviembre, época de lluvias, por lo que no encontramos a mucha gente. Igual que nos pasaba en Japón, aquí vemos mucho turismo, pero local. Hay incluso quien viene a lo alto de estas montañas a hacer un picnic y pasar el día.

Subimos de nuevo al habal-habal para cruzar Cebú de una costa a la otra y acabar el día en Kawasan, en una habitación rudimentaria con un aspecto espectacular: sobre el agua, dejando pasar las olas por debajo. Una de las experiencias de este viaje que no olvidaré jamás.